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Círculo perfecto

Recuerdos en el tren

9, 02 de 2005-08-02 de 2005

Ayer fui a una nueva endocrina, más cara, más maja y más delgada que el anterior (que el hombre pesara 120 kilos no me motivaba a mí a perder lo mío). Amablemente me dijo que como mínimo tengo que perder los 8 kilos de sobrepeso que he cogido durante los últimos 10 meses y supongo que tendré que deshacerme de alguno más aún para estar en la utopía esa de "peso ideal".

El caso es que mientras volvía escuchando música en la Continental (el autobús que cubre el recorrido entre Madrid y mi ciudad), me acordé de algo.

Hace un año estaba de teleoperadora en plantilla para una conocida operadora de telefonía fija. Todos los días, junto a cientos de personas, cogía el tren para desplazarme y el último trecho era desde Atocha. No pasaba un buen momento personal, acababa de dejar una relación y me alienaba con el trabajo intentando no pensar demasiado.

Iba yo con los cascos puestos, escuchando música porque me había acabado el libro en el trayecto de ida (eso fastidia bastante). No soy capaz de ponerme los auriculares de botón, así que siempre llevo cascos de éstos. Nada más sentarme me llamó la atención el chico que estaba sentado enfrente de mí.

Era joven, veinteañero, moreno. Iba trajeado, leyendo un libro y llevaba unos auriculares enormes (más parecidos a éstos). Movía la cabeza al ritmo de la música que escuchaba y era capaz de estar leyendo al mismo tiempo, lo que despertó mi admiración, porque yo soy incapaz de leer/estudiar con música puesta. Estímulos incompatibles.

El caso es que le observaba discretamente, cuando levantó un poco el libro que estaba leyendo y no pude evitar medio soltar medio contener una pequeña carcajada.

La portada plateada brillante es inimitable. Era Molly Moon y el increíble mundo del hipnotismo de Georgia Byng.

Él se dio cuenta, se quitó los cascos, y me miró sonriente, exagerando un gesto de vergüenza.

Empezó con un tímido "A veces me gusta leer literatura infantil" y estuvimos hablando más de media hora. Me contó que le encantaba la literatura, que no le había gustado El Código da Vinci de Dan Brown (libro que por aquel entonces te encontrabas en las manos de casi todo el mundo y del que yo descubriría meses más tarde que tenía razón y no era gran cosa), que le gustaba que le rodeara la música de jazz y por eso llevaba esos cascos tan grandes, los había comprado en Londres cuando estuvo allí de viaje.

Estaba estudiando Derecho, trabajaba de prácticas a diario en un bufete de abogados (de ahí el traje) y los fines de semana en un McDonald's.

Tuvimos una charla muy entretenida, muy agradable, como si nos conociéramos de siempre y en vez de en un vagón de tren, estuviéramos sentados en un café.

Nos despedimos con un apretón de manos, dándonos las gracias por habernos hecho el trayecto más corto. Se bajó en Coslada y yo nunca supe su nombre, nunca volví a verle. Le buscaba con la mirada al volver del trabajo, porque necesitaba esa charla, esa conexión amigable con alguien entre tanto desconocido con los ojos cerrados o clavados en libros y ventanas.

Debe de ser demasiado pedir hoy en día, donde ya no sonreímos, ya no saludamos y no ayudamos a la gente ajena.

Y si vemos a una embarazada de 8 meses entrando al vagón en hora punta, miramos hacia otro lado y en un asiento de 6 personas, la única que se da cuenta de su existencia y le ofrece asiento es una chica sentada al lado de la ventana.

¿La gente está perdiendo la educación, la capacidad de sentir empatía o simplemente desterran de su vida toda buena acción hacia un desconocidolo que les produzca la más mínima molestia?

Comentarios

  1. Hola mi dama griega… hace cosa de dos días me paso una cosa parecidísima. Venia de visitar a mi primo oscar, en Toledo. La verdad que esta muy muy mal. Se acaban de separar sus padres y la verdad que es un trago muy fastidiado. El caso es que en la estación de Méndez Álvaro me encuentro a un chiquillo de mi edad, estaba algo nervioso, y sonreía por todo. El caso es que en un español chapurreado estaba preguntando a todo el mundo como se podía llegar a Alcalá de henares y nadie sabia como hacerlo. No me lo podía creer, nadie quería hablar con el, y el tema es que aun hoy no entiendo la razón. El caso es que me acerque a el y le dije, mira, yo tengo que ir a Torrejón pero así que sígueme y te digo como ir.

    Al final estuvimos casi 3 horas juntos, compartiendo anécdotas, descubriendo la vida tan difícil que le ha tocado vivir y la suerte que tengo de haber nacido en esta familia.

    La gente ha dejado de saber lo que es ser persona. Ahora somos como una gran masa de hormiguitas numeradas y sin ningún tipo de aprecio por el prójimo.

    Desolador.

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